Algunos lloran, otros ya han perdido esa capacidad. Esta vez la explosión ha sido más cerca. Estamos bajo los pupitres mientras una lluvia fina de yeso y cemento cae a nuestro alrededor. Los que no lloran me miran fijamente a través de la bruma de desechos. Me ajusto en hiyab e intento aclarar la garganta. Debo consolarlos, tranquilizarlos pero las lágrimas corren por mis mejillas. Una manita cálida enjuga la mezcla de polvo y lágrimas de mi cara y mirándome profundamente a los ojos me dice: Señorita Umaina, no llore, solo son bombas.

Advertisement